El entrecejo fruncido, comprimido; y el cuerpo como disperso. Pestañeó una vez, solo una, porque una era global. Ahora observaba la pared interna del parpado.
Tan magnifica y entera. Por dentro líneas angulares. La mujer fisurada, internamente.
Una prostituta. Arquitectura corporal manoseada. Quitémosle la moral a la musa, que tiene frío. Saciemos el vientre con papeles verdes.
Inhalando un aire grueso, es tanto y no cabe.
La desarma y vuelve a ensamblar valiéndose de sus hemisferios. Vena a vena, poro a poro, hueso a hueso. Estando a dos metros puede sentir su aroma. Huele a sexo, toda ella. Y perfume, uno ácido. No le queda, es demasiado para ella. Seguramente no es suyo. Seguramente ni siquiera tiene uno propio. Es probable que lo pidiese a otra o incluso hurtara unas gotas y esto le causase la franja azul en el mentón y es probable que estas solo sean conjeturas.
Ya no están cerrados sus ojos, la ve en sus cien dimensiones. A medida que se acerca su aroma es más fuerte. Está impregnado en ella, sobrepasa el aceite en el óleo. No le gusta, pero ya han venido tantas y, en verdad, las únicas que vienen son las de ese rubro, porque saben él ve la belleza por sobre la mujer.
El nombre de Lothaire como pintor es solo famoso entre las putas.
No dice mucho, si le pregunta, responde, si no, pues nada. Precisa, como de educación bruta y minúscula. Eso si, con esa cortesía que solo tienen las amantes de mil hombres.
- ¿Me permites?
Ella asiente, otorgándole el brazo. Sosteniéndolo abre la cortina. La joven meretriz retrae el cuerpo, curva la silueta ocultando piel con piel.
- Alguien podría ver.
- No, solo los pájaros y guardarían silencio.
- ¿Por qué?
- El ave es la prostituta que ha dejado de ejercer.