lunes, 10 de mayo de 2010

borrador

El entrecejo fruncido, comprimido; y el cuerpo como disperso. Pestañeó una vez, solo una, porque una era global. Ahora observaba la pared interna del parpado.

Tan magnifica y entera. Por dentro líneas angulares. La mujer fisurada, internamente.
Una prostituta. Arquitectura corporal manoseada. Quitémosle la moral a la musa, que tiene frío. Saciemos el vientre con papeles verdes.

Inhalando un aire grueso, es tanto y no cabe.

La desarma y vuelve a ensamblar valiéndose de sus hemisferios. Vena a vena, poro a poro, hueso a hueso. Estando a dos metros puede sentir su aroma. Huele a sexo, toda ella. Y perfume, uno ácido. No le queda, es demasiado para ella. Seguramente no es suyo. Seguramente ni siquiera tiene uno propio. Es probable que lo pidiese a otra o incluso hurtara unas gotas y esto le causase la franja azul en el mentón y es probable que estas solo sean conjeturas.

Ya no están cerrados sus ojos, la ve en sus cien dimensiones. A medida que se acerca su aroma es más fuerte. Está impregnado en ella, sobrepasa el aceite en el óleo. No le gusta, pero ya han venido tantas y, en verdad, las únicas que vienen son las de ese rubro, porque saben él ve la belleza por sobre la mujer.
El nombre de Lothaire como pintor es solo famoso entre las putas.

No dice mucho, si le pregunta, responde, si no, pues nada. Precisa, como de educación bruta y minúscula. Eso si, con esa cortesía que solo tienen las amantes de mil hombres.

- ¿Me permites?

Ella asiente, otorgándole el brazo. Sosteniéndolo abre la cortina. La joven meretriz retrae el cuerpo, curva la silueta ocultando piel con piel.

- Alguien podría ver.
- No, solo los pájaros y guardarían silencio.
- ¿Por qué?
- El ave es la prostituta que ha dejado de ejercer.

2 comentarios:

Tamara Jofré Zencovich dijo...

Tan ave que me he puesto

El tonto lirico dijo...

MOLESTANDO NIÑOS MUERTOS.
(in media res)

(…) lo subimos al templo, fue justamente en esas horas, había que esconderse muy bien de la mala leche que se había proclamado, habíamos dejado atrás las vestimentas coloridas para desvincularnos de las flores y de los arcoíris, habíamos despreciado sutilmente cada golpe indecente que se pronunciaba en la puerta carcomida. (La puerta de mi infancia no era.) Para embarrarnos de compañía melosa, fuimos complacientes y nos dimos sin más excusas al miedo, vimos su rajadura fresca y le acerqué mi lengua a la llaga.
En el cerro cementerio, absorbente el temporal de llantos destapó la tumba de niños muertos a los cuales sin prisa les corrí las manos, sin escrúpulos, sólo por imaginación y resistencia: subí un montón de miembros infantiles a la carroza: como si la historia nunca hubiese terminado de caerse en las musgosas ruinas sudamericanas de la conquista, como si el arcoíris nos hubiese protegido o dejado tranquilos, cuando te querían poner de cabeza en un lugar tan pequeño, Aureliana, como si las flores pudieran sorprender a la felicidad aceitosa que me alumbraba de a poco: me convertí en una vieja tetona tratando de verte la cara.
Fueron varios años de sombra, me dediqué a ver películas de suspenso y terror sicológico entre los lagartos venenosos del Bío Bío precolombino. Quise dominar la técnica del simulacro del miedo, aprender a componerlo, a aislarlo, a utilizarlo a mi antojo contra la humanidad.
Pero con odio arrebatado la vieja esperanza se levantó de golpe y nos miró punzante. A la tripulación entera. Imaginarás la mezcla de nudos y cuerdas vocales y perlas extraviadas en el grito que no pudo reproducirse, el desgarro que se abrazó a mi garganta rectal, el magma en la profundidad sin juicio que me trasmitiste. Me deshojé. Y en el fondo sin fondo de la quietud se levantó una planta de lluvia y más realidad que la sangre pegada por siglos a la montaña de huesos.

Fue justamente a esas horas de claridad, demente tranquila, mismo en el charco de siempre.


el tonto lírico