Nos palpitó la patria
y la espina dorsal se nos calló encima.
Del joven, ese, elegante,
vi la costura en la camisa.
El espasmo me hablandó los pies
y ahora me aprieta el corsé de asfalto
entre la costilla derecha y la lateral izquierda.
Un adoquin de vientre vacio, de carne, vacio.
El mar anulando.
El sujeto con las bragas del cosmos
embutidas en la huella dactilar;
blasón contemporáneo.
Y el piso inyectandome la espalda con su pupila bizca.
- se esta acabando el veintisiete.
sábado, 27 de marzo de 2010
Inscienso
Azufre. Descomposición. Nauseas. Se cohesiona con su nariz, sólido cemento enmohecido. Cada detalle, cada fracción de su composición un órgano, entraña palpitante fruto de la ruin alquimia. Amalgama ácida, néctar cancerigeno. Uva excomulgada de Dionisio. Árbol de la vida arraigado en metástasis. Y sus hojas, sus hojas son las navajas de la negación, el puñal en la mesa, el azúcar chamuscado, la abstracción de la pupila. Los ojos, puede oír a las hojas sollozar a través de ellos, en una oración tan silente cono él reír de un mudo. Son ellos –sus ojos- las piedras arrojadas por el pájaro, la nube afluente de decepción, el estuche celador de las páginas de sus memorias. Retiene el oxigeno, pero una ración ya se ha asentado en la silla de sus bronquios; el libido viscoso, perfume de muerte suspendido en el éter. Convulsión nerviosa, se amedrenta la sangre, se detiene el arroyo, se apaga el pulso. Prolifera como trigal fermentado en gente. Se ciñe en sus costillas y en la espina de su reverso, una caricia repulsiva, la rechaza en su garganta, la repudia su hígado. Vuelve el sabor áspero a su lengua, lo incorpora a su saliva, traga partículas vacías.
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