miércoles, 24 de febrero de 2010

apogeo rosa

Tal vez es la gama, la escala en la gradación del pigmento. Los matices de su sedoso esqueleto, como de raso, entretejidas las cerdas en un lívido tono rosa. Se reflejaba en mi iris, mullida, casta, tentadora. Y el dócil perfume azucarado resbalaba por mi nariz, calaba mis poros, invadía cada fracción de mi existencia. Me embestía el delirio del deseo más pueril, el pavimento se fundía bajo mi ser y el rastro de mis pies no era menos nebuloso que el rictus de mi respiración. Magistral, abrazaba pérfido mi ingenuidad, absorbía cada migaja, cada porción de mi genio, abatía, al fin y al cabo, mi fortaleza. Me volvía un ente pastoso, desamparado. Le necesitaba de manera demente. Mi amor se volvía enfermizo. La espera, los segundos; una maquinación en mi contra. Una tortura a mis palpitantes sienes desgarradas.

A la consumación del hecho, la convulsión de mis dedos, crispándose al leve roce de la vara. Su peso ¿Ingrávido? Trivial, ante semejante suntuosidad en la pieza. No reparo en más detalles que no valen analizar, más bien no puedo, no quiero, no los recuerdo.

Puedo sentir la ambrosia, recorre cada fragmento de mi dermis. Mi lengua, músculo del pecado, se bate, regocijada; el sabor acaramelado la corroe, la taladra. La lujuria vuelta edulcorante.

Azúcar, te consumes por si sola. Anabólico, bucea en mi torrente sanguíneo.

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